Mangola, 9 de septiembre
Hola a todos. Continúo.
23 al 28 de septiembre Tiwi. Como no tengo chuleta escrita y no recuerdo cuándo pasó cada cosa, resumiré nuestra estancia en Tiwi.
En el ferry de Likoni, como siempre, cientos de personas que se desplazan hacia el sur y no tienen más remedio que acudir aquí para atravesar el mar. Novedades: en la explanada donde los coches esperan la llegada del transbordador han colocado una gran pantalla que mientras esperas te infla a publicidad, pero aquí al menos tiene su gracia. Te anuncia el horario de la caída del sol durante el Ramadán y los horarios del ferry. Cuando desembarcamos en el otro lado nos sorprendió lo mucho que había crecido el pueblo, antes había algún que otro chiringuito y algún que otro vendedor ambulante de anacardos y cacahuetes; ahora hay un montón de quioscos iluminados con candilillos, muchísimos vendedores ambulantes y mucha animación La entrada al camping de Tiwi es por una pista frondosa y muy verde, llena de árboles inmensos, grandiosos baobabs, palmeras de muchas formas y tipos , papayas, plataneras, mangos... de vez en cuando pequeñas dukas (quioscos de venta) construidas con hojas de palmera donde venden frutas. Las pista de tierra roja contrastando con el verde de la vegetación y por fin ya de noche llegamos a la playa. Mucho más bonita de lo que recordaba, la arena blanquísima llena de conchitas, los cocoteros meciéndose con la brisa, la marea baja que permitía ver el arrecife de coral, cientos de cangrejillos de un blanco casi transparente que cuando das un paso se precipitan corriendo para escabullirse de los intrusos... El Twiga Lodge, que es como se llama el camping, no ha cambiado en absoluto, las mismas bandas (pequeñas cabañitas con techo de paja), las tres terrazas cubiertas con sus sombrajos de palma y para sorpresa nuestra con el mismo camarero Kombo (con la misma bizquera de antaño), nos reconocimos y nos saludamos con cariño, nos recordaba de la época de los safaris ( Lorenzo, Carlos aun conservan la hucha-bola del mundo regalo de Adinda). La zona de acampada seguía como siempre, entre baobabs y palmeras a la orilla del mar y como siempre ambiente de overlanders.
Nos encontramos, de nuevo con el camión francés que habíamos conocido en Nairobi, viajaban una pareja con su hija de 15 años, que se hizo inseparable de los nuestros durante toda nuestra estancia, saturándoles de tanto juego de mesa. La pobre debía estar harta de jugar con sus padres porque llevaban viajando desde Abril y no tenían fecha de vuelta. Habían vendido todo en Francia, la niña estudiaba a distancia y ya tenían experiencia porque viajaron durante dos años por África y Sudamérica. Después prepararon el camión para seguir viajando.
El tiempo no nos acompañó durante estos días y cada uno de ellos nos cayó un chaparrón. Aún así pudimos bañarnos todos los días y pasear cuando bajaba la marea viendo el coral y pudiéndonos bañar en charcos de aguas limpísimas y caldeadas por el sol, como si estuviéramos en la bañera o bien pasear viendo los pececitos que quedaban atrapados, las estrellas de mar, los erizos, cangrejos y un montón de moluscos variados de forma y color. También pudimos pasear hasta las piscinas que quedan al bajar la marea. Es un sitio precioso donde hay tres piscinas naturales que se adentran en cuevas con oquedades en el techo por donde penetra la luz del sol tamizada por la vegetación. Es de película. Se puede bucear y ver coral y peces tropicales. Cuando nos fijamos bien vimos en la parte alta de las cavernas un montón de murciélagos dormitando. Sofi y yo salimos en estampida, (no consigo que me sean indiferentes, me resultan bastante repugnantes).
La playa es un lugar animadísimo pero tranquilo, todos los días pasan por allí vendedores de pescado o marisco, fruta, samosas y mandasis a la hora del desayuno (empanadillas y bollos). Los mismos que te venden objetos de madera, trepan a los cocoteros y te pelan unos cocos para que puedas degustar el agua, también venden mariguana. También te preparan una excelente cena o comida de pescadito a la brasa, improvisando un estupendo comedor en la playa con mesitas fabricadas con cañas y adornadas con buganvillas La vida está muy difícil y necesitan del multiempleo para sobrevivir. En la playa hicimos nuestras compras de kikois y kangas, es mucho más agradable sentarse en la arena frente al mar y decidir que telas te gustan más y aunque pueda ser un poco más caro es sin lugar a dudas más mucho más gustoso.
Una tarde fuimos a Mombasa, para ver la ciudad, hacer algunas compras y sobre todo permitirnos el lujazo de cenar en el Tamarindo. Es el mejor restaurante de Mombasa (o al menos lo era), es al aire libre a la orilla del brazo de mar que rodea la ciudad, Mombasa en realidad es una isla, con unas vistas privilegiadas de la ciudad y donde se come una langosta y en mi caso un monster crab (centollo gigante) para morir. Resultó que era el día del censo y casi todo estaba cerrado, pero pudimos escribir un ratito y mandaros un mensaje. Nos acordamos de otro censo que vivimos la primera vez que vinimos a Kenia (¿te acuerdas Paquín?), todo cerrado y todo el mundo se tenia que ir a su casa para que pudieran contarles. Dos años después en primera pagina del periódico daban los resultados del censo comentando que había sido un gran fracaso. Este año nosotros también fuimos censados en el camping.
Se me olvidaba contar que Tiwi esta lleno de monos ladrones y tienes que tener muchisimo cuidado, no dejar nada abierto porque se abalanzan, sobre todo sobre fruta, y te desvalijan. Los cangrejos hermitaños también son habituales, son enormes y se pasean por todos lados, otro habitante es un enorme lagarto monitor (Carlos le hemos hecho fotos pensando en tí).
28 de septiembre Tiwi-Lamu
Este día nos separamos. Montamos un numerito en el ferry de Likoni, dándonos todos besos y abrazos y dejando perplejos a todos los que teníamos alrededor. Boni y Miguel desde Mombasa se iban a Nairobi. Esa madrugada tomaban el vuelo hacia Madrid y nosotros nos dirigíamos a Lamu. Nos quedamos bastante tristones y continuamente nos preguntábamos o mirábamos por dónde andaba el zorro, para poco después darnos cuenta de que ya no estaban allí.
Al salir de Malindi, había un control de policía donde nos indicaron que el día anterior un camionero fue atacado por bandidos y no era recomendable ir sin escolta. Pagamos a un militar armado con un kalashnikov (no se qué era más peligroso porque con los baches, continuamente nos preguntábamos si se le dispararía y nos volaría la tapa de los sesos a alguno) el viaje se hizo corto, ya que el soldado continuamente metía prisa a Pepito para llegar cuanto antes, y nosotros (a excepción de Pepito) habituados a medias en pista de 20 por hora, estábamos felices.
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